Mi Historia

Soy Ana María Gazmuri, Diputada del Distrito 12,  actriz, madre y abuela, activista por el uso medicinal del cannabis en Chile y Latinoamérica. Comprometida con los DDHH y la dignidad de todas y todos.

“Me preguntas
El pasado
Yo Respondo
Mi memoria

Stella Díaz Varín

Quiero un Chile inclusivo, paritario, plurinacional, feminista y ecológico, que garantice el buen vivir.

Mis inicios

 Nací en Santiago en enero del año 1966, soy la mayor de 6 hermanos, cuatro hermanas y un hermano. Mi madre, socióloga, poeta y pianista aficionada, sembró en mí el amor a los libros, a la música y el arte. De mi padre, que ya no está, conservo el amor profundo a las estrellas y a los amaneceres, y el recuerdo de sus abrazos. Con mis cuatro hermanas y mi hermano tenemos un vínculo profundo y cercano.

Desde muy joven latía en mí un impulso de independencia que me llevó a querer ir más allá de la comodidad familiar y sus mandatos. Crecí en dictadura, mi juventud estuvo marcada por el toque de queda, la desconfianza, los susurros, angustias y silencios de esos tiempos oscuros. Estudié periodismo un año en la Universidad Católica, mismo año en el que me convierto en la feliz madre soltera de mi maravillosa hija Camila, amiga y compañera de camino. Mi vocación artística me llevó a abandonar la carrera de periodismo y tomar el camino del teatro, así que me formé como actriz con los maestros Fernando González y Nelson Brodt, a los cuales agradezco su enorme generosidad. Con Nelson y su escuela, vino también el acercamiento al teatro comprometido política y socialmente, en profunda conexión con la realidad de esos tiempos. Vivimos la persecución y detención de compañeras y compañeros, conocimos de tortura, de represión y de muerte, como ocurrió con Manuel Parada, hijo de los maestros del teatro, Roberto Parada y María Maluenda, en el dramático caso Degollados que conmocionó a Chile hace 36 años. Con compañeras y compañeros actores corríamos también por el puente Pio Nono, con las balas silbando en nuestros oídos en la manifestación donde fue asesinado el joven estudiante Ronald Wood, a quien vimos caer.

 

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Estas vivencias me llevaron a reafirmar mi temprana convicción de la necesidad de involucrarse activamente para lograr cambios profundos en Chile. Esa misma certeza me ha movilizado durante toda mi vida, y no fue sólo un impulso juvenil. Con alegría y transparencia, me declaro una rebelde permanente.

A los 21 años, siendo aún estudiante de teatro, fui llamada a protagonizar, en 1988, una de las teleseries más vistas de todos los tiempos, la siempre recordada “Bellas y audaces”, en Televisión Nacional de Chile. Sin buscarlo, me volví una figura pública de la noche a la mañana, y cuando surge la invitación a ser uno de los rostros de la campaña por la opción NO del plebiscito, no lo dudé. Si tenía cierta figuración pública, no dudaba en ponerla al servicio de este épico empeño. Tuve el honor de ser una de las conductoras del acto final de campaña por el NO. Obviamente fui despedida de TVN, riesgo que asumí desde el principio.

A los 26 años tuve mi segundo hijo, Ian, quien con su presencia luminosa llegó a completar la familia. A mis hijos los eduqué en el amor, el respeto y la libertad y hoy mi familia ha crecido, y tengo cuatro nietos, hijos de Camila, que son mi felicidad plena: Lorenza, de 16 años, Manuel, de 13, Kiara de 6 y Luciana, de 4. Estoy casada hace quince años con Nicolás Dormal, mi compañero de lucha, mi cómplice, mi amado. Once sobrinos integran también nuestro clan, además de mi querido padrastro, mi yerno y mi nuera. Completan el círculo nuestro perro Merlín y nuestra gata Campanita, quienes también son parte de la familia.

Mi carrera de actriz está llena de enriquecedoras experiencias y grandes satisfacciones; protagonicé muchas teleseries y series, participé en películas. En el teatro, probablemente la obra más significativa para mi fue Una Casa Vacía, basada en la novela de Carlos Cerda, dirigida por Raúl Osorio. Esta obra, que recibió el premio APES, contaba la historia de La Venda Sexi, el ex cuartel que fue conocido por la práctica sistemática de la violencia sexual durante la dictadura; tuve el doloroso privilegio de interpretar a Chelita, víctima de las feroces torturas allí infligidas.  A pesar de considerarme por mucho tiempo una actriz dramática, también incursioné en la comedia, siendo mi rol más recordado el de protagonista durante 10 años Teatro en Chilevisión. El humor me permitió estrechar el vínculo de cariño con un público familiar, por el que siempre me sentí valorada y respetada. También fui gestora cultural y productora artística, teniendo el orgullo de haber sido la responsable del Festival La Florida es Teatro durante los años 2001 y 2002, siendo éstas las versiones más masivas jamás realizadas en la comuna. Cuarenta y dos funciones en tres escenarios paralelos, durante una semana, incluyendo teatro off y teatro callejero. Charlas y cursos gratuitos, exposición de fotografías y vestuario teatral formaban parte también de este gran encuentro artístico cultural, con más de 50.000 asistentes. También en la comuna de La Florida formé y dirigí la Escuela de Teatro Joven de La Florida. Trabajamos con jóvenes en riesgo social de seis colegios de la comuna, ensayando y montando obras como El Enfermo Imaginario, Hanyo, Romeo y Julieta, entre tantas más, con el máximo rigor y profesionalismo. Emociona recordar el impacto que en sus comunidades provocó ver a estas y estos jóvenes desempeñarse arriba del escenario, brillando orgullosas y orgullosos, valorados y aplaudidos. Dignificados.

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MI VIDA EN COMUNIDAD

También tuve la oportunidad de colaborar con grupos artísticos de personas privadas de libertad en diferentes recintos carcelarios, logrando por primera vez que algunos de ellos fueran autorizados a salir a mostrar su arte fuera de las cárceles; obras de teatro en festivales, recitales musicales en lugares como La Feria Del Libro y la casa de Neruda en Isla Negra, o siendo teloneros de Los Jaivas en el Estadio La Florida. Creo profundamente en el rol social y terapéutico del arte y la cultura.

Pero en forma paralela a mi carrera de actriz y gestora cultural, muy joven también inicié mi camino de formación en el área de la salud complementaria y las terapias alternativas, en sintonía con mi búsqueda interior y mi camino espiritual. Tengo formación en psicología transpersonal y psicología budista, soy reikista y terapeuta floral, tengo un Diplomado en Mindfulness y entrenamiento en el Cultivo de la Compasión (CCT). Desde mi experiencia como terapeuta, pude conocer en profundidad los muchos dolores, tanto del cuerpo como del alma, con los que nos toca convivir. El mundo necesita más amor compasivo, comprendiendo la compasión como esa fuerza que en nada se parece a la lástima, sino que nos lleva a ser capaces de ponernos en los zapatos de la otra persona, y desde allí movilizarnos a la acción para aliviar ese sufrimiento, acogiendo y acompañando.

El año 2012 tuve la posibilidad de conocer el maravilloso potencial de una medicina natural: el cannabis.

En el contexto de mi consulta terapéutica, pude comenzar a guiar su uso como terapia paliativa del final de la vida; el impacto que el uso del aceite de cannabis tuvo en esos procesos fue contundente, otorgando la dulzura, conciencia y apertura para partir en paz y sin dolor. El boca a boca fue creciendo, y ya mi consulta no daba abasto; el punto de inflexión vino cuando orienté por primera vez el uso de aceite de cannabis para una pequeña niña de dos años, con una severa epilepsia refractaria, cuya madre es médica. Varias veces la habían desahuciado. Y el milagro ocurrió; Amalia reaccionó al tratamiento y por primera vez en su vida, sus crisis cedieron y durmió toda la noche. Ella fue la primera de tantos niñas y niños que hoy viven mejor gracias al uso medicinal del cannabis. Esta creciente demanda por atención y guía para acompañar en diversas patologías y cuadros en el uso medicinal del cannabis me llevó en el año 2013 a crear Fundación Daya. El nombre es una palabra sánscrita, antigua lengua sagrada, que significa “amor compasivo”, y expresa lo esencial de lo que considero mi misión en la vida: llevar alivio a quien lo necesite. Al día de hoy, con su amplio equipo médico y terapéutico, el Centro Médico Cannábico de Fundación Daya, el primero de Latinoamérica, ha atendido más de 85.000 pacientes. Nuestro foco siempre ha sido el empoderamiento y educación de los pacientes, volviéndolos protagonistas en sus procesos de salud, horizontalizando el vínculo terapéutico, brindando calidez y dignidad en las atenciones. Además de las atenciones médicas y terapéuticas, capacitamos a la comunidad con talleres de autocultivo y preparados medicinales. En paralelo, logramos la autorización para el primer cultivo legal de Cannabis Medicinal de Chile y Latinoamérica el año 2014, el que se realizó en la comuna de La Florida, noticia que recorrió el mundo, instalando a Chile como pionero en la región. Pero el camino no ha sido fácil; cuesta creer que en nuestro país se deba batallar tanto para generar cambios que beneficien las personas. Mil resistencias han surgido, debido a los intereses que buscan frenar transformaciones que mejoran la vida; intereses económicos, miedo a lo desconocido, ignorancia y falta de empatía. Muchas y muchos han sido criminalizados por ejercer el derecho a cultivar cannabis para uso personal, lo que incluye el uso medicinal, a pesar de ser lícito según la ley 20.000, ley de drogas en Chile. Familias han sido allanadas, sus plantas incautadas, sometidas a traumáticos actuaciones policiales y desgastantes procesos judiciales, incluso siendo sometidos a prisión preventiva y hasta condenados. Desde la vereda ciudadana y de las organizaciones sociales hemos hecho hasta lo imposible para avanzar en la garantía de nuestros derechos, pero al parecer no basta. Mientras, el Estado sigue dañando a importantes sectores de la sociedad, a los más débiles y vulnerables. Frente al brutal aumento de la persecución durante el gobierno de Piñera, hemos creado la Clínica Psico Socio Jurídica Daya, conformada por voluntarios, que cuenta con abogado, técnico jurídico, trabajadora social y psicólogos, con el fin de acompañar a los pacientes en estos procesos, en coordinación con la Defensoría Penal Pública. Como no me canso de señalar, estamos frente a una grave crisis de DDHH de la comunidad cannábica chilena.

 Dedicarme por completo a esta causa ha sido un viaje intenso y maravilloso, pero también duro y doloroso. He recorrido varias veces Chile en este empeño por hacer realidad la educación comunitaria, me ha tocado exponer y realizar encuentros tanto en grandes auditorios como teatros municipales y universidades, así como en juntas de vecinos y centros deportivos, por lo que conozco de primera fuente las necesidades y anhelos de la comunidad. Mi trabajo y experiencia me ha llevado también a colaborar en los procesos de otros países, siendo invitada a exponer a España, Argentina, Perú, Brasil, Colombia, Costa Rica, Uruguay y México. No puedo dejar de nombrar a mi hermana en este camino, la fundadora de Mamá Cultiva, Paulina Bobadilla, actualmente alcaldesa de la comuna de Quilicura.

NUESTRA LUCHA

Esta “verde revolución” del cannabis medicinal por cierto que ha sido también profundamente política, hasta el momento desde la vereda ciudadana y de las luchas sociales. Y no ha sido fácil; desde amenazas y hostigamientos hasta una querella en mi contra tuve que enfrentar por parte de este gobierno, acusándome de “daño a la salud pública”, la que, por supuesto no prosperó. Este ataque a Daya y a mi persona, arropado en diarias publicaciones y reportajes anti cannabis en los grandes medios, ocurrió en septiembre del 2019…y llega octubre con su despertar. Y sí, nos pilla con la rabia, la impotencia y la pena acumulada ante tanta injusticia.

 Nos sumergimos en las movilizaciones del pueblo chileno, junto a tantas y tantos que buscan construir un país mejor, desde la solidaridad y la justicia social. Participé y organicé decenas de cabildos, asambleas y acciones solidarias, con fuerte acento en la defensa de los Derechos Humanos. En comunidad, somos una fuerza poderosa de transformación y conciencia.

En el marco del proceso constituyente que hace posible este Chile despierto y movilizado, fui vocera y coordinadora de la Comunidad por la Dignidad, colectivo de independientes que logró elegir cuatro convencionales en el proceso de Nueva Constitución. Luego, fui vocera nacional de la candidatura de Daniel Jadue, recorriendo una vez más Chile, llevando un mensaje de cambio y esperanza.

Hoy, siendo coherente con este momento histórico en que las causas y luchas sociales deben disputar el poder para avanzar, me presento a candidata a diputada por el Distrito 12, que comprende las comunas de La Florida, Puente Alto, La Pintana, Pirque y San José de Maipo. Voy en un cupo de independiente dentro de la lista del partido Comunes, en el pacto Apruebo Dignidad. El Distrito 12 es un territorio que conozco bien, tanto por mi labor como gestora cultural, por el trabajo de Daya, como por mi compromiso activista con las causas populares. Como diputada, espero ser una voz que, desde mi madura rebeldía, logre incidir políticamente para que nuestro país sea un lugar justo y generoso con quienes lo construyen día a día. Esta es mi vida, este es mi compromiso.

Ana María Gazmuri Vieira, actriz, activista, candidata a diputada.